jueves, diciembre 03, 2009

Presentación del libro “Por los caminos del Rock”

El Mundo del rock revisitado al pulso de pequeñas anécdotas*

Por José María Calderon

Una noche de no hace tanto tiempo, Liliana Herrero hablaba sobre rock. Cuestionaba el caradurismo de esos jóvenes que por tocar dos acordes creían que habían inventado todo. Ese estado de ingenuidad, de arrogancia, le parecía un problema. Esteban Rodríguez la escuchaba con atención pero su mueca no lograba disimular la realidad: pensaba exactamente lo opuesto. Esa inocencia, ese acto fascinante e irresponsable en la búsqueda de identidad era lo conmovedor del rock.

A partir de esta amable discusión, nació la idea del libro: una forma de reflexionar sobre el tiempo a través del rock, la posibilidad de escarbar detrás del escenario y comprender sus coordenadas políticas y sensibilidades artísticas.

El sexto libro del sociólogo y ensayista Esteban Rodríguez se fue armando sin plan previo, casi como un disco, copiando y pegando artículos sueltos, columnas radiales y tribulaciones varias. “Escribí estos textos en busca de oxígeno. El mundo académico muchas veces es asfixiante y acercándome al mundo del rock pude llevar mi escritura y mis preguntas a otro lugar, más fresco, con mayor soltura e impertinencia”

Rodríguez suelta las frases como una catarata, encadena conceptos teóricos y pedazos de canciones con una fruición demoledora. Detrás de unos enormes anteojos negros, de marco grueso, su mirada es relajada. Se extravía, toma las bifurcaciones de manera caprichosa, pero siempre con una justificación a mano.

Y el camino de este libro está atravesado por ensayos que pueden leerse como átomos textuales que conforman de principio a fin la molécula del rock. Son escritos arbitrarios, parciales pero simbióticos. Rodríguez bucea en lo que subyace al escenario mediante referencias eclécticas, notas académicas o letras de canciones.

El recorrido narrativo congrega a Patti Smith, Kurt Cobain, Pity Alvarez, David Bowie, Babasonicos o Gustavo Cerati, y es en la elección de los fragmentos que corresponden a estos artistas, con sus simbologías particulares y contradicciones, donde el autor va más allá de la canción y da cuenta de lo libertario del rock en el campo de la cultura.

La prosa del libro lleva el ritmo urgente del rock; su desmesura y velocidad impulsan una reflexión aguda “la idea es salir un poco de la pereza teórica, romper con los patrones de escritura que al hablar de un banda sólo enumeran sus integrantes pero que no agregan demasiado. Buscar el árbol genealógico de una banda no importa demasiado, lo interesante es rastrear cual era la coyuntura en la que realizaron su arte, su fondo, en que contexto se enmarcan”.

La edición de la obra estuvo a cargo de azulpluma, un sello independiente que emuló el formato de un casette para hacer más atractivo el diseño. Con sus lados A y B, y divididos los ensayos como tracks, la apuesta fue también una dedición editorial para establecer un orden a los textos.

Por los caminos del rock es, además de un lucido análisis, una autobiografía escrita con música. Una mezcla aleatoria de aquellas canciones que impregnaron su esencia en la cabeza del escritor y lo trastocaron para siempre. Después de todo, como dice el autor en la introducción, “que tantos chicas y chicos puedan depositar en una banda sus afectos, proyectar sus ideas, ir dando rienda suelta a sus sueños, nos habla de la generosidad de la cultura rock en general; una cultura que no pide demasiado a cambio”.

El historiador y periodista Sergio Pujol señala desde el prólogo la importancia de lo político en el abordaje de la cultura rock como espacio de pertenencia de los jóvenes. Lejos de encasillar al rock, el texto muestra su costado ambiguo, simbólico y dinámico. Nuevas preguntas para facilitar otras interpretaciones: “la observación que el autor le brinda al potencial de acción que sobre la realidad siempre guarda la música”

El viaje de bautismo y presentación de Por los caminos del Rock será esta noche, a partir de las 9, en el Galpón de Encomiendas del grupo La Grieta, en 71 y 18 de La Plata. Sergio Pujol y Celina Artigas, editora de azulpluma, compartirán reflexiones con el autor. Además los músicos Pablo Dacal, Javi Punga, Juan González, Yusa, Ximena Villaro, Chivas Argüello, Nacho Bruno, Mariano Camun y Seba Rulli serán la banda de sonido que armonice el lugar, la mejor manera de convidar un libro de rock.

* Esta nota fue publicada en el Diario Diagonales, La Plata, 3 de diciembre de 2009.

sábado, noviembre 28, 2009

Presentación libro "Por los caminos del rock"

En el marco de la MUESTRA AMBULANTE 5 invitamos a la presentación

Azulpluma editorial inaugura su colección ensayos Por los caminos del rock de Esteban Rodríguez Este libro es una invitación a la aventura de explorar distintas habitaciones en las que se ha gestado ese mundo salvaje y revuelto del rock; a disfrazarnos con su poesía y sus poses de barrio, garage, brillantina; a comprender sus apuestas políticas y sensibilidades singulares; a coquetear con su romanticismo trágico, su optimismo ingenuo, sus declaraciones desangradas y a enchufarnos en su vértigo potente. Las preguntas señalan itinerarios que son referentes en la historia del rock. Las respuestas se nutren de referencias eclécticas ?notas académicas, letras de canciones y fragmentos de entrevistas a los protagonistas de los escenarios? que dan testimonio de las distorsiones y los litigios pero también de las amabilidades del rock; un documento sobre las míticas y potentes apuestas que lo definieron y lo ubicaron, una y otra vez, en la línea de fuego del campo de la cultura. La selección de los artículos ensayados no es azarosa, aunque permita congregar en un mismo sitio a Patti Smith, Kurt Cobain, Pity Álvarez; David Bowie, Omar Chabán, Neil Young, Babasónicos o Gustavo Cerati. El libro funciona como una compilación de distintas músicas; como un hostel donde pasar la noche, elogiar canciones y compartir ideas que le dan un respiro al ritmo frenético del viaje roquero; que lo alumbran. Y es una ocasión que nos permite recordar los espacios y tiempos concretos desde los que tantos jóvenes, a lo largo de cinco décadas, protagonizaron el mundo; le pusieron sus claves a la historia y la cambiaron para siempre.

miércoles, noviembre 25, 2009

Los traslados en las prisiones de Buenos Aires

LA CARCEL AMBULANTE:

Otra estrategia de control y vulnerabilización social *

Por Esteban Rodríguez

Una de los deportes favoritos del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) es la rotación de los presos, una rutina institucional conocida por sus víctimas como “la calesita”. Se calcula que durante su estancia en la prisión las personas privadas de libertad son trasladadas casi una veintena de veces. Que conste que no estamos haciendo referencia solamente a los traslados a tribunales que se realizan en función del juicio que se les lleva, o los traslados a las universidades en el marco de los estudios que puedan estar cursando, traslados que, dicho sea de paso, se convierten también, en muchas ocasiones, en la mejor oportunidad para que los agentes del SPB se ensañen otra vez con los reclusos, sea para privarles del sueño y la comida, sea para darles una buena golpiza antes de regresarlos a su pabellón.

Estamos pensando, sobre todo, en los traslados que el SPB realiza discrecionalmente de una Unidad a otra, traslados que tienen como destino la otra punta de la provincia o la Unidad 29. Esos traslados no son inocentes, constituyen una práctica sistemática que tiende a vulnerabilizar y contener a determinados presos. Se trata de traslados furtivos, que se realizan sin necesidad de comunicarlos a las autoridades judiciales responsables (que dicho sea de paso tampoco suelen preocuparse demasiado por ello una vez enterados); sorpresivos, en la medida que se realizan de un día para el otro, muchas veces a la madrugada; y permanentes, en la medida que tienden a repetirse durante toda su estancia en la prisión. Acaso por todo esto, el Comité Contra la Tortura haya denunciado a los traslados como otra práctica sistemática de tortura física y psíquica en las instituciones de encierro en la provincia de Buenos Aires.

“Aplicar la rotativa”

En primer lugar, los traslados son utilizados por el SPB para contener a determinados sectores de la población carcelaria considerados como “problemáticos” o “demandantes”. Los “problemáticos” son aquellas personas para las cuales el sistema penitenciario no prevé mecanismos adecuados para su tratamiento. Se trata de personas con muchos años de prisonización, con problemas psiquiátricos en algunos casos, gente que a lo mejor ha consumido drogas durante mucho tiempo y que le ha generado una dependencia que lo fue deteriorando como persona. Los “demandantes” son las personas que, porque saben sus derechos no se resignan a aceptar con sufrimiento lo que les tocó.

A todos estos presos, dice el abogado Roberto Cipriano García -coordinador del Comité Contra la Tortura de la provincia de Buenos Aires-, “se le aplica la rotativa.” “Como esas personas generan muchos conflictos en las unidades, se los hará pasar por diversas unidades.” La rotativa, entonces, consiste en el traslado permanente de una unidad a otra unidad y de esta a otra en un breve período de tiempo. Para Azucena Racosta, referente del Colectivo La Cantora, estamos ante una suerte de “cárcel móvil”, “porque son presos a los no se los instala en ningún lugar, personas que viven arriba del camión, que no se los deja hacer pie en ninguna parte, no se les permite reconstituirse como persona, no se les permite proyectarse.”

Según los datos presentados por el Comité en su último Informe, desde enero a noviembre del 2008 se produjeron 47.709 traslados, de los cuales 18.928 se realizaron para reubicar a los presos, es decir, hay 26.385 traslados que no sólo no se motivaron sino que tampoco fueron comunicados al Ministerio y a la autoridad judicial responsable de la detención. Además se calcula que existen 5.000 personas por año que fueron trasladados al menos 4 veces. Y hay casos donde una persona llego a padecer más de 30 traslados en el año. Para darnos una magnitud de este sistema, según Paola Relli, abogada de la Secretaría de DDHH de la Provincia de Bs. As., “al día de hoy existen alrededor de 800 presos en esta situación, es decir, 800 personas que se van moviendo de un lugar a otro, que viven arriba de un camión. Estamos ante una auténticamente unidad móvil.”

La circulación constante es la manera que tiene el SPB para “tratar” con “los presos más conflictivos.” Pero hete aquí que esta rotación lejos de contener al preso lo va a ir mellando, irá deteriorando más aún su personalidad. Como nos dice Cipriano: “Son presos que estarán entre 10 o 20 días alojados en los pabellones de admisión, que tienen un régimen similar a los “buzones” o “pabellones de castigo” aunque en realidad son peores. Por ejemplo, cuando a una persona lo mandan castigada a un buzón, sus compañeros de pabellón le mandan comida porque saben que allí no se puede cocinar. Pero en los pabellones de admisión no te contiene nadie. Están alojados transitoriamente, están de paso. Nadie sabe que estás allí y tu ranchada está lejos. Entonces el hambre se padece mucho más que en cualquier otro pabellón.” Por otro lado, cuando están alojados en los pabellones de admisión la familia tampoco podrá visitarlos. En principio porque la familia no sabe dónde está. Además como esos presos tampoco tienen acceso al teléfono, nunca les pueden decir por dónde andan boyando, a qué unidad fueron a parar. Pero hay más: “No hay accesos a duchas, no se permiten actividades recreativas, no tienen acceso a la educación, no hay espacios comunes, no se los saca al patio, es decir, están 24 hs encerrados, aislados”, agrega Cipriano.

Finalmente, al estar itinerando permanentemente, nunca pueden ser calificadas por el SPB y, por añadidura, tampoco podrán hacer que se constate la “buena conducta” para luego “morigerar la pena”, es decir, para hacer valer la “progresividad en la pena.”

“No es casual -nos vuelve a decir Cipriano- que en esos pabellones de admisión se den los casos de violencia más graves.” La persona trasladada permanentemente está en un momento de saturación, de cansancio físico y moral. En esas circunstancias todo el mundo se pone muy susceptible en esos pabellones y encontrará enseguida motivos no sólo para pelearse con otros presos, sino con el propio personal del SPB que aprovechará sus bravuconadas o protestos para darle una buena golpiza. Otras veces, la violencia es el resultado de las autolesiones: “Son muy comunes las autolesiones de los detenidos en permanente tránsito, porque es una manera de frenar la rotativa, de descansar. Entonces se tragan cucharas, se cortan… y pasan a la órbita de sanidad y se le comunica al juzgado y entonces la familia se entera de su paradero y lo puede visitar porque durante ese tiempo estarán alojados en una Unidad”, nos dice Cipriano.

“Sos camión”: rumbo a la otra punta de la provincia

Una de las políticas centrales en materia carcelaria, desde los 90 en adelante, que acompañó el creciente proceso de prisonización, ha sido la construcción de cárceles en las ciudades del interior. Se trataba de pequeños pueblos cuyas economías regionales habían sido arrasadas por el neoliberalismo, para las cuales la Provincia decidió que la construcción de cárceles era una forma de generar empleo en la región. De esa manera se crearon unidades penitenciarias en Urdapilleta, General Alvear, Barker, Saavedra, se construyeron más unidades en Junín, Sierra Chica y Magdalena. La consecuencia inmediata en la población carcelaria fue la ruptura o deterioro de vínculos sociales. Más del 70% de las poblaciones alojadas en aquellos penales provienen del conurbano bonaerense, es decir, están alejadas de su domicilio real. Los traslados a la otra punta de la provincia quiebra moralmente al detenido. A estas unidades se llega a veces por cuestiones de reubicación y otras veces por motivos que el SPB maneja discrecionalmente y nunca terminan de saberse de qué se trata. Son traslados que se disponen sin criterio y ningún tipo de control judicial.

Pero estos traslados funcionan como algo que está latente, forma parte de un sistema de premios y castigos, la amenaza continua, a través del cual el SPB ejerce la gobernabilidad de la población carcelaria. El traslado aparece como la consecuencia directa a los cuestionamientos que el preso puede hacer al SPB, cuando no se amolda al régimen que le impone el SPB. Como nos cuenta Racosta: “los presos saben que si dicen tal cosa o hacen tal otra son camión.” El camión, la amenaza constante de subirlos a un camión, está presente en el imaginario del preso, forma parte de la vida cotidiana de la cárcel. El camión aparece como sinónimo de pérdida y provoca angustia: “Se pierden los amigos de la ranchada, se pierden las pertenencias, el equipo de mate, la pilcha deportiva, las zapatillas, la cuchara, el shampoo, el jabón, las frazadas, se pierden las relaciones que los protegían.” En definitiva, el camión es una manera de enloquecer al preso, de cansarlo, agotarlo, quebrarlo, amoldarlo a las relaciones clientelares a través de las cuales se gestiona la cárcel.

Negocios oscuros

Al mismo tiempo, estas unidades han creando condiciones para determinados negocios que involucran al SPB. Esos negocios hay que buscarlos en el millón de Km. que al año recorren los camiones de traslado, es decir, en los vales de nafta y en las horas extras del personal del SPB.

Pero también hay que rastrearlos en los “pack turísticos” que se organizan alrededor de las “chanchas” o “colectivos tumberos.” Cuando los familiares están alojados en las unidades del interior, donde es muy difícil llegar, donde a veces ni si quiera existe transporte regular, como es el caso del penal de Urdapilleta, se organizan viajes que incluyen, además del traslado ida y vuelta, el alojamiento, la comida y las tarjetas de teléfono para entregar al familiar detenido.

Negocios que hay que buscarlos, finalmente, en la venta de las plazas en los penales. El SPB sabe que el traslado del preso a la otra punta de la provincia se vive con desarraigo. Tanto los presos como sus familiares quieren estar cerca. Esa proximidad se compra, tiene un precio. El SPB está dispuesto a trasladarlo otra vez a una unidad próxima al domicilio de su familia a cambio de reunir el dinero suficiente que varía según el interlocutor con el que se negocia.

“Tirados en la 29”: un mundo aparte

La Unidad 29 ubicada en Romero, ciudad de La Plata, es el corazón de los traslados, una unidad que funciona como distribuidor de la población carcelaria. Se trata de una cárcel que fue creada como penal de máxima seguridad con celdas individuales. Un cárcel que por sus condiciones arquitectónicas fue clausurado como unidad de alojamiento cuando varias inspecciones de jueces de ejecución y el Comité Contra la Tortura constataron que las condiciones de detención eran infrahumanas y lesionaban todo tipo de derechos humanos.

Pero en los últimos años la Unidad 29 fue redefinida en el sistema penitenciario como Unidad de Transito. De ahí salen y ahí llegan todos los camiones con presos con destinos diversos. Para los comparendos en los juzgados donde se sigue su proceso, o para su reubicación en otras unidades de destino. Pero como los camiones no salen todos los días, el tránsito, que no tendría que durar más de 72 hs, se demora semanas. En ese lapso de tiempo están alojados en celdas individuales, sin agua, sin gas, sin colchón, con mala alimentación, sin atención sanitaria, completamente incomunicados. No se permiten las visitas de los familiares, no hay procuración. Como nos vuelve a decir Racosta, “están como desaparecidos.”

Por eso, para Comité el aislamiento en esta unidad es mucho más duro que en los otros penales. Dice Cipriano:“Vos te encontrás con personas que tardan en llegar 2 o 3 días a la U 29, después están esperando otros 2 o 3 días para que se los lleven al comparendo con la autoridad, y luego 3 o 5 días más hasta que se los regresa a la Unidad donde viven, viaje que se demora también 2 o 3 días. Entonces vos tenés personas que en esos 20 o 30 días comieron mal, se enfermaron, perdieron sus clases en caso de que estuvieran estudiando, y encima cuando llegan a su Unidad pueden encontrarse con que sus pocas pertenencias les fueron robadas.”

Efecto sorpresa y botines de guerra

Los traslados se juegan en el golpe de efecto que suscita en el preso y sus compañeros de ranchada. Los traslados son compulsivos porque se los arranca de la cama a mitad de la noche. Algunas veces, por el movimiento interno del servicio, los presos ya estaban sabiendo que se venía un traslado y preparan el “mono.” Pero la gran mayoría los toma por sorpresa y no tienen tiempo de armar el “mono”. Están desconcertados y son los propios compañeros lo que le ayudan a juntar rápidamente sus pertenencias porque saben que seguramente no regresará a esa unidad.

Para decirlo con uno de los testimonios que recoge el Comité en su último Informe: “Además que te trasladan, te hacen perder todo, a mi me duele dejar las fotos de mi nena, yo sé que el que las encuentra las rompe o las tira y por ahí yo esperé un montón para que las puedan mandar. Cada traslado que te agarra de sorpresa te hace empezar de vuelta de cero en otra unidad y si tu familia no puede mandarte cosas, te las tenés que conseguir como sea. Ellos mismos, los policías, te dejan en bolas y te obligan a robar, hacer ciertas cosas que mejor ni contar para que te den algo de ropa y un poco de jabón y shampoo para bañarte. Todos los que estamos presos no tenemos nada y nuestras familias tampoco, a ellos les cuesta mucho mandarnos algo. Los traslados sirven para que los penitenciarios se queden con tus cosas, ellos se las llevan o las venden a los otros presos. En cada traslado nuestras pertenencias son botines de guerra.”

La Unidad Especial de Traslados

Cuando los presos suben al camión, se encuentran a la deriva. Nunca se les dice adónde van, cuál será la unidad de destino. Tampoco se les notifica formalmente la decisión, sus razones y los criterios que pusieron en juego para decidir su traslado. Se trata de una medida discrecional que se comunica de manera compulsiva.

Los traslados, en sí mismos, también son muy gravosos para la persona detenida. Los recorridos son largos, no hay calefacción o sistema de refrigeración, es decir, se mueren de frío o calor. Hay casos de muerte por deshidratación. Son incómodos, porque van esposados al piso del camión, de manera que están 7 o 10 hs viajando encorvados en la misma posición física.

Cuando llegan a la Unidad de destino se los baja a patadas, se los desnuda y manguerea con agua fría, para depositarlos en un pabellón de admisión o en un buzón hasta que a Junta de Calificación de dicho penal disponga su admisión definitiva. Muchas veces los presos ya saben que no los van a recibir, pero igual los hacen pasar por ese derrotero a modo de castigo. Castigo que se prolonga con la próxima parada en la próxima Unidad que tampoco los recibirá.

Quebrar, romper…

Como se desprende del “Informe de la Crueldad 2009”, las rotaciones tienen efectos muy concretos y contundentes, no sólo sobre las personas detenidas sino sobre sus grupos cercanos.

Por empezar, como ya se adelantó, el traslado implica el distanciamiento de la familia. La familia es la contención emocional, que provee además de los insumos morales para hacer frente a un cotidiano inhumano, los insumos materiales para la sobrevivencia diaria. La familia aporta el abrigo, la alimentación, los utensilios para el aseo, incluso los medicamentos. Alejarlo de su núcleo familiar, supone despojarlos de los recursos para su sobrevivencia diaria. No hay que perder de vista que casi la totalidad de la población carcelaria proviene de hogares desfavorecidos, de modo que su mudanza continua supone un esfuerzo extra para la familia que tiene que reunir con cada traslado todos aquellos elementos. Además, el traslado dificulta los contactos con su pareja, los hijos, padres o amigos que no ya no podrán acercarse todas las semanas a visitarlo. De allí que otra de las consecuencias de los traslados es el debilitamiento de los lazos familiares que puede llegar hasta la ruptura de núcleos familiares (separaciones matrimoniales), la desmoralización del interno es otra de las consecuencias que producen este tipo de prácticas.

Los traslados afectan también el acceso a la educación, dificultan, cuando no desalientan a los detenidos a completar sus estudios primarios o secundarios, llevar adelante una carrera universitaria o terciaria con todos los desafíos y las expectativas que las mismas generan para su futuro.

Otro de los derechos que afectan los traslados es el acceso a la justicia. Sabemos por la Constitución Nacional que toda persona detenida tiene derecho a la defensa en juicio. Defensa que será obstaculizada a través de los sistemáticos traslados, toda vez que los defensores no cuentan con los recursos y el tiempo para entrevistarse personalmente con su defendido. De esa manera, las presentaciones que eventualmente puedan realizarse para hacer valer legítimos beneficios o poner en discusión los términos del proceso o las condiciones de su detención, resultan otra vez obstaculizados y con ello el juicio justo garantizado dicho sea de paso también por la Constitución.

Los traslados también ponen en riego su salud, toda vez que se interrumpen los tratamientos que dispusieron los médicos para muchos presos enfermos y portadores de HIV. El alejamiento de la Unidad entonces, implica la privación de medicamentos o de un tratamiento adecuado en la medida que muchas veces los hospitales aledaños a las unidades donde fueron trasladados no cuentan con esos servicios o insumos.

Por último, los traslados, se desentienden los lazos afectivos que los presos construyen como parte de cualquier experiencia en general, pero que en estas circunstancias, adquieren un plus toda vez que esa pertenencia es una manera de hacer frente a las condiciones carcelarias que tienen que padecer. Por otro lado, no hay que perder de vista, como nos informa el Comité, que la gran mayoría de la población trasladada son jóvenes. La grupalidad es una experiencia constitutiva para los jóvenes. De modo que los traslados cuando afecta el derecho de reunión están afectando también el derecho a tener una identidad, la que se compone al interior del grupo de pares.

Pero el telón de fondo de los traslados es la ruptura de los núcleos de organización que los presos pueden ir construyendo al interior de las unidades. Se sabe que la organización reclama confianza y solidaridad, y la estabilidad crea las condiciones para la misma, forja lazos sociales que contribuyen a desarrollar prácticas que les permiten, con el paso del tiempo, hacer visibles los problemas que tienen, denunciar las circunstancias de su detención y luchar por condiciones de detención acordes a los estándares que prevén los pactos y tratados de derechos humanos. Los traslados permanentes ponen en crisis las incipientes experiencias de organización de los presos en las unidades penales.

Malentendidos

Pero todavía hay algo más que se juega en todos aquellos traslados. Además de romper la organización y de crear condiciones favorables para otros negocios regenteados por los agentes o familiares del SPB, “la calesita” es otra estrategia que desarrolló el SPB para controlar a los presos “revoltosos”, a “los que no saben guardar silencio”, a “los que hacen política”. Con cada traslado, y después de la estancia por los buzones o pabellones de admisión, donde los detenidos trasladados estuvieron aislados hasta que suplicaron “que el jefe del penal del dé cabida”, el SPB puede entornar al detenido a un círculo de presos afines, que tienen autorización para portar faca, a cambio de marcarle límites al detenido, cuando no para sacarlo para siempre de “circulación”.

El traslado es la forma de generar malentendidos entre los presos de distintas unidades. Los malentendidos son la manera subrepticia que tiene el SPB para añadir castigos paralelos. “No hace falta que el SPB mate. Basta juntar en un mismo pabellón a dos presos que no se pueden ver para que éste vuele por los aires”, asegura Cipriano. “El SPB sabe por el legajo de cada preso quién tuvo problemas con quién. Tiene un mapa bastante completo de toda la población carcelaria. De modo que no hay ingenuidad de parte del SPB cuando decide ubicar a Menganito en el pabellón donde se encuentra Fulanito que se la tiene jurada.” Se trata de presos que a lo mejor tuvieron problemas entre ellos o provienen de ranchadas que tuvieron sus encontronazos. Juntarlos en un mismo pabellón, es la forma de hacerlos pelear, una reyerta que puede costarle la vida a cualquiera de ellos.

Con todo, la cárcel bonaerense es una cárcel ambulante, compone una red de instituciones por las que transitan continuamente miles de detenidos. La alta rotación es otra manera de continuar vulnerabilizando a los sectores desaventajados, de agravar la fragmentación social, de continuar creando malentendidos al interior de los sectores marginados y, finalmente, como dijo Giorgio Agamben, de despojarlos de su condición de humanidad.

* Una versión reducida de este artículo fue publicado en la revista EN MARCHA, Nº54, octubre de 2009.

martes, octubre 27, 2009

Francisco Bochatón y Peligrosos Gorriones

Sábado, otro peligroso sábado

“…sábado, la noche sábado, escribe el día, su canción de sábado”

Por Esteban Rodríguez

Desde hacía tiempo, por los menos desde el invierno, me hallaba otra vez bajo los efectos de las frases de “sábado”, una canción de Francisco Bochatón de su disco Paliza.

“Sábado” fue la canción que eligió Bochatón para comenzar su presentación en el Ayuntamiento de La Plata la noche del viernes 23 de octubre, o sea, del sábado a la madrugada. Una noche suspendida entre dos días que no la sabíamos si tenía que ver con el viernes que quedaba atrás o el sábado que se demoraba otra vez.

La noche se completaba además con la banda de Coda, “Miles”, “Pájaros”, donde toca el Negro Velázquez la batería y con el Cuervo Karakachof dando vueltas por el bar. Una noche peligrosa, como todas aquellas en las que canta Bochatón. Un cantautor que no se debe a su público, que se hizo fama, entre otras cosas, a fuerza de no hacer concesiones demagógicas a sus seguidores transgeneracionales. Se sabe: si cantamos lo que somos, los recitales no pueden ser siempre el mismo recital. Ir a un recital de Francisco Bochatón es una ruleta rusa. Es muy simple pero muy incomprensible para los consumidores con derechos que creen que por el sólo hecho de haber pagado el precio de una entrada el recital tiene que demorarse en el tiempo, cantar tres o cuatro bises, y el músico entregarse a cada uno de los rituales que envuelve al rock en vivo. Bueno, no es el caso de Bochatón, un músico que sabe conservar la incorrección que alguna vez caracterizó al rock. Si Bochatón está bien, será simplemente un recital inolvidable, y si está mal también será otro recital inolvidable sólo que por razones muy diferentes: a veces porque los temas hay que cortarlos por la mitad, porque pifia las notas, porque no puede terminar de afinar su guitarra, porque se olvida las letras, o se pelea con los músicos o el público que tiene delante suyo.

Los recitales de Bochatón se contagian de la vida cotidiana, de su derrotero, del temperamento con el que nos sorprendemos transitando los días, testeando nuestros afectos. El escenario no es una frontera, la manera de abstraerse de la realizad con la que tiene que medirse sino su continuación.

No conozco a Bochatón, pero el sábado se lo vio bien, se lo sintió demasiado bien o a lo mejor nosotros estábamos todos muy contentos o conectados. Fue un recital corto pero contundente. Pero nadie se molestó o puso el grito en el cielo. Todos sabíamos que había una yapa, que esta vez habían llegado con la carta mejor guardada debajo la manga: Los peligrosos gorriones. Era un secreto a voces. Esta era la noche escogida, después de diez años, para el regreso de Los peligrosos gorriones.

Se dice que no ensayaron, sin embargo la banda sonó como en sus mejores tiempos. Bastaba con toda aquella energía para templar los ánimos y sellar los huecos de seis canciones vertiginosas e inolvidables con las que supimos guardar a Los peligrosos durante todo este tiempo. No hace falta decir cuáles fueron esas canciones, el fans ya las debe estar tarareando.

Pero atenti, que no cunda la envidia, porque esta semana se repite la velada en Buenos Aires, en Niceto. Sólo que nadie puede aventurarles qué rumbos habrá decidido Francisco para aquella noche que no será un sábado.

* Los que quieran pispear algo del recital de Peligrosos Gorriones haga clic aquí: http://www.youtube.com/watch?v=naowGW9JhW4

viernes, octubre 23, 2009

La Antena y la libertad de expresión

El artículo que sigue a continuación son dos ensayos ensolapados. El primero de ellos, y es obvio, es un ensayo sobre la pelicula "La antena" de Esteban Sapir. Pero si se lee entre líneas, el lector también encontrará en el ensayo, o mejor dicho en la película, una metáfora para pensar la libertad de expresión en las sociedades contemporáneas vertebradas en torno a los mass media, la industria cultural y el espectáculo. En definitiva una metafora para pensar sobre la nueva ley de servicios audiovisuales que acaba de votar el parlamento.

UNA VOZ, muchas voces

“Había una ciudad sin voz. Alguien se había llevado la voz de todos y a nadie parecía importarle.”

por Esteban Rodríguez

Una máquina de escribir muda, que moviendo las manos sobre ella no se la puede tocar. Palabras que no se pueden escribir, que nadie podrá leer. Palabras que conviene no pronunciar, que habrá que saberlas guardar.

Una ciudad, entonces, sin voz, muda. El silencio es la manera de habitar la ciudad repleta de autos y mercancías. La monotonía del silencio se averigua en la monotonía de los días dedicados al trabajo en silencio, pero también en el mundo del mercado. En todos los carteles, en todas las vidrieras, posa la misma mercancía, el mismo logo, la misma espiral de silencio destinada a programar a las personas para que éstas marchen solas por la rutina de los días grises ante los cuales tienen que aprender a resignarse.

Una ciudad sin voz pero envuelta en rutinas es una ciudad llena de miradas. A veces las miradas son las emociones sobrevivientes que alguna vez supieron de palabras habladas; pero otras veces resultan apenas las muecas oportunas y necesarias para evitar las miradas que evocan recuerdos que nos hacen llorar. En la ciudad sin voz la gente habla con miradas y muecas. Bastan algunos gestos para entenderse, o mejor dicho, para evitarse. Cada uno anda orbitando en su propio mundo, con sus tareas a cuestas. El lenguaje sobra, es un estorbo, pero también una amenaza a cuestas. A nadie parece importarle demasiado que el silencio sea la manera de estar en la ciudad. Están las palabras pero tienen las horas contadas también. El Sr TV y el Dr Y tienen nuevos planes para la ciudad y sus habitantes: apropiarse de las palabras, evaporarlas.

¿Qué será del mundo sin voz y sin palabras? ¿Un mundo sin sentido? ¿Qué diferencia habrá entre un helecho y el ser humano? Si no fuera porque la finalidad perseguida sigue siendo la misma -que las personas continúen corriendo detrás de la mercancía de turno- diría que ninguna.

Pero el experimento parece más perverso: se trata de transformar a los hombres en androides. “La antena” es un film de ciencia ficción al revés. No se trata, como en Blade Runner, de transformar a los robots en seres humanos sino a los seres humanos en robot. Ese será el último round, de una batalla que se viene demorando en el tiempo. Pero la pelea ya se anunció y todo el mundo se demora en las vidrieras, delante de cada monitor.

Pero en algún lugar de la ciudad, alguien empezó a hablar. Esa voz es el secreto mejor guardado por una madre sin rostro que está dispuesta a todo –salvo a develar la voz de su hijo- con tal de que su niño pueda ver. Lo que no se puede nombrar es lo que nadie tendrá que escuchar. El silencio es salud, un silencio que será recompensado con galletitas espiraladas.

Pero cuando los secretos los guardan los niños, los secretos tienen sus horas contadas. El niño que habla conoce a una niña que puede ver y, como no podía ser de otra manera, empiezan a jugar. Para entonces la niña ya sabe que su nuevo amiguito es dueño de una voz y esa voz le pone música a las cosas que veía, le imprime otro temperamento hasta arrancar a las cosas de su monotonía diaria. El mundo se encanta y con él, todos ellos. La realidad se vuelve peligrosa otra vez, pero las cicatrices le devuelven la imaginación, la voluntad jaqueada por el entorno silenciado.

Las generaciones se reconocen por sus cicatrices, cargan con las mismas luchas, el mismo derrotero, las mismas marcas en el cuerpo. Las cicatrices son las huellas en las manos que supieron lo que era aferrarse a los sueños. Son los eslabones de una misma trayectoria, un legado que se trasmite de generación en generación. Nos hablan de las tareas inconclusas y las apuestas pendientes. Una cicatriz es un recuerdo que no se puede olvidar, la esperanza con la que deberán medirse todos los días, antes de continuar con la rutina.

Esas cicatrices le recuerdan la voluntad que supieron alguna vez los cuerpos: hay que salir a convidar la voz antes de que sea demasiado tarde. Todo el mundo tiene que empezar a hablar otra vez antes de que las palabras que supieron atesorar en silencio se pierdan para siempre.

“La antena” es la película de Esteban Sapir, una película retro de ciencia ficción. No se priva del humor de tinte chaplinesco. Está el lenguaje de la historieta con sus onomatopeyas, pero también el collage, la estética futurista rusa y la magia de los libros infantiles troquelados. Una película en blanco y negro pero con muchos matices. Matices que se van enmesetando, que hay que buscar en las preguntas que quedan picando. Esas preguntas son las respuestas aprendidas de memoria con las que el espectador deberá medirse otra vez si quiere conservar las palabras que alguna vez se animará a hablar otra vez.

lunes, octubre 19, 2009

Una isla en el océano de algo

Para Gustavo, Maxi y Raul, compañeros de parloteos!

viernes, octubre 09, 2009

A propósito de The Wrestler y Mickey Rourke

ES UNA LUCHA

"Soy un perdedor Soy un perdedor nena Así que… ¿por qué no me matas?” Beck, en Loser

Por Esteban Rodríguez

A Celina Artigas, que detestó Transporting pero le encantan las peleas de boxeo y el cine americano

Si el cine francés –se ha dicho- es un cine con pretensiones filosóficas y el cine argentino –por su recurrente literalidad y falta de vuelo- un cine con perfil periodístico; el cine americano –arriesgamos nosotros sin temor a equivocarnos-, puede ser postulado como un cine antropológico. Estoy simplificando y, por tanto, no se nos escapa que nuestro punto de partida, además de caprichoso e ingenuo es provocativo. Pero esta es una introducción, una manera de ganarse la atención del lector y tomar aire para decir otras cosas, y de paso zampar otro cross a la mandíbula.

Dije que el cine americano, incluso el manufacturado en serie por esa industria cultual que solemos llamar Hollywood es un cine que pinta su aldea, que se la pasa describiendo los contornos tensos de la vida cotidiana. A lo mejor el aporte del cine americano no haya que buscarlo en sus guiones sino en el telón de fondo que modela para sus películas que, por más comerciales sean éstas, siempre están recomponiendo las costumbres en común que orbitan y contextualizan cada escena.

Al cine americano en general, le encaja perfectamente, la teoría del iceberg que alguna vez Ernst Hemingway imaginó para contar su método secreto para escribir novelas. Hemingway decía que sólo había que demorarse poniendo en palabras todo aquello que asomaba a la superficie. El resto, lo que quedaba por debajo de la línea de flote, era tarea del lector. A nosotros nos correspondía volver sobre las profundidades y tener que explorarlas, acaso para encontrar alguna explicación para todo aquello que a simple vista, desde la superficie de las cosas, nunca nos terminaba de cerrar, se nos presentaba de una manera incompleta.

Vaya por caso “El luchador” (2008) del director Darren Arontsky. Una película que resucitó a Mickey Rourke. Porque sabido es que el actor parece que tras una década de éxitos, después de haber alcanzado la fama con películas como “La ley de la calle”; “Nueve semanas y media”; “Manhatan sur” y “Corazón salvaje” entre tantas otras igualmente taquilleras, abandona la alfombra roja para subirse a un cuadrilátero.

En 1991, Mickey Rourke comenzó a boxear con el apodo de “Marielito”, un deporte que le costaría su rostro, que se fue deformando con cada round a lo largo de cuatro años de peleas ininterrumpidas que pasarán sin pena ni gloria, aunque dejando algunas secuelas: una masa de músculos que hay que vigilar con dietas y gimnasio para que no se vuelva carne fofa, unas cuantas costillas rotas y la cara llena de cicatrices. Pero parece que su temporada pugilística no estuvo exenta de los escándalos que suelen rodear al mundo del boxeo: drogas, alcohol, golpes a las mujeres y otros excesos.

Pero ahora Mickey regresa a la pantalla grande haciendo el papel de Randy Robinson, una suerte de alter ego, para contar la decadencia de la clase blanca americana entrenada a los golpes: los White trash.

Randy es otro titán del ring o, mejor dicho, un viejo luchador profesional de los años ’80, más conocido como “The ram” (el chocador) que hizo carrera en las peleas del circuito de New Jersey. En el mundillo de la lucha libre se llevó varios campeonatos que le valieron unas cuantas tapas en las revistas especializadas y un lugar en el imaginario de los niños apasionados por ese deporte que, a esa edad, no pasa de ser otro divertimento televisivo.

Pero la década de los ’90 lo sorprendió todavía gambeteando por el cuadrilátero. A esta altura, Randy es alguien que subsiste haciendo changas pero sobre todo alguien que hizo de la lucha libre más que su pasatiempo favorito, su hobbie, su lugar en el mundo, la manera de habitar una sociedad que se volvía cada vez más implacable consigo mismo, una realidad fuera de control, que se le escapaba de las manos. Un poco porque Randy construyó su pertenencia en torno a la lucha libre y todo el circo que suele rodearlo. Otro poco porque su bolsillo resiente las consecuencias de las reformas neoliberales impulsadas por la gestión de Ronald Reagan.

Dedicar la vida a la lucha libre es llevar una vida haciendo fierros, pero también una vida empastada. Una coctelera de pastillas de todos los colores para calmar todo tipo de dolores: los físicos pero también los espirituales; la piña en la cabeza, pero también la angustia que habita adentro de la cabeza. Cuando llegan los cincuenta y la tarima sigue siendo el lugar de trabajo, eso quiere decir que algo salió mal, demasiado mal. ¿Cómo seguir luchando cuando no se puede luchar más, cuando quedan pocos huesos sanos, después de un infarto, cuando el corazón está a punto de estallar?

Pero en esas circunstancias ¿qué otras cosas se pueden hacer? ¿Cuáles son las otras opciones? ¿Cuál es la salida para el callejón sin salida?

Hay una frase que recorre toda la película, una frase que llega después de esta otra: “Después vino una tal Cobain y lo arruinó todo.” Aquella línea del guión que me interesa rescatar y que Arontsky pone también en boca de Randy es la siguiente: “Te diré algo, odio a los malditos 90.” Las frases pueden leerse en varios registros. Como dijimos recién no podemos perder de vista que los ’90 llegan después de los ’80, es decir, después de Reagan. El neoconservadurismo y las consecuencias de las reformas estructurales ya se resienten por doquier, se respira en el asfalto, en el aliento de la clase trabajadora desocupada que encuentra consuelo en la bebida trasnochada.

Randy es alguien que perdió todo, incluso a su familia, a su hija. Vive en una casilla rodante en las afueras de la ciudad. Una casilla que ni siquiera es suya. La alquila. Una casilla con la que ni siquiera se puede rodar. La renta es un dolor de cabezas todos los meses. Lo que gana apenas le alcanza para comprar su dosis diaria de calmantes y mantener intacta la ración de cervezas que suele comprar en los bares o clubes nocturnos que frecuenta para sobrellevar tanta soledad.

Los ’90 confirmaron una tendencia que parecía irreversible y, acaso por eso mismo, son años, que resultaron doblemente desencantados: porque terminaron de corroer el carácter de una sociedad salarial entrenada en el sueño americano. Esa tendencia estaba hecha de ajustes y descompromiso. El estado comenzaba a desinvertirse, a contraer su gasto público, al menos el destinado a salud, previsión social, educación, vivienda. La suerte de todos era gestionada por los designios del mercado. El derrotero de Randy lo llevó a una caravana que hace tiempo se encuentra estacionada en los suburbios. Porque de hecho, los cinturones suburbanos se caracterizan además de por los fastuosos barrios de muñecas, por los parkings de casitas rodantes instaladas en parcelas de alquiler que suelen hipotecarse de por vida. En efecto, como señala el ensayista Joe Bogeant, en su libro “Crónicas de la América profunda”: “un tercio de esas propiedades se compran con dinero procedente de préstamos de los cuales se pagan solamente los intereses, para que la cuota no sea excesiva, lo que de hecho convierte al propietario en un inquilino, de modo que su situación es sólo nominalmente mejor que la del propietario de una caravana.” (p. 96)

Detrás de aquellas famosas caravanas rodantes hay una historia en movimiento pero también un derrotero: la estancia final, la última parada. No hay viaje, ya no hay destino. Ni siquiera un camino que recorrer.

La caravana hoy día constituye un pilar de estilo de vida la “basura blanca” (los White trash). Como nos vuelve a decir Bogeant: “Hay que decir que son muchos más los que compran una caravana porque es lo más parecido a un lugar decente donde cagar que llegarán a tener en su vida.” (p. 91)

Uno de aquellos aguantaderos es el lugar que eligió Randy para sobrevivir mientras tanto, esperando acaso la última pelea que se lo lleve de una vez y para siempre. Randy sabe que ya pasó la raya a partir de la cual se vive de prestado, se tienen las horas contadas. Randy ronda los cincuenta y pico y no se resigna, o mejor dicho no puede resignarse, no tiene otra opción. Sabe que bajarse del cuadrilátero equivale a vivir en la calle, a congelarse de frio, a morirse de cirrosis. Mejor morir con dignidad. Que el cuadrilátero se convierta en su cadalso. Tiene que seguir luchando a pesar de que intuye –y acaso lo busca- el desenlace. No sólo porque es lo único que sabe hacer sino porque la lucha es la manera que encontró para ser alguien. En fin, la lucha libre es una lucha contra todos, una lucha abierta. La lucha libre es mucho más que el pasatiempo para los niños abandonados frente al tv. Es la estrategia de sobrevivencia para enfrentar la realidad impuesta, pero también una estrategia de pertenencia para la brutalidad obrera que ya no puede componer su identidad en torno a la fábrica; más aún cuando la vida precaria es el nuevo destino manifiesto para una generación que tenía otros planes para la vida a la que asiste ahora como se rompen en mil pedazos.