LA CARCEL AMBULANTE:
Otra estrategia de control y vulnerabilización social *
Por Esteban Rodríguez
Una de los deportes favoritos del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) es la rotación de los presos, una rutina institucional conocida por sus víctimas como “la calesita”. Se calcula que durante su estancia en la prisión las personas privadas de libertad son trasladadas casi una veintena de veces. Que conste que no estamos haciendo referencia solamente a los traslados a tribunales que se realizan en función del juicio que se les lleva, o los traslados a las universidades en el marco de los estudios que puedan estar cursando, traslados que, dicho sea de paso, se convierten también, en muchas ocasiones, en la mejor oportunidad para que los agentes del SPB se ensañen otra vez con los reclusos, sea para privarles del sueño y la comida, sea para darles una buena golpiza antes de regresarlos a su pabellón.
Estamos pensando, sobre todo, en los traslados que el SPB realiza discrecionalmente de una Unidad a otra, traslados que tienen como destino la otra punta de la provincia o la Unidad 29. Esos traslados no son inocentes, constituyen una práctica sistemática que tiende a vulnerabilizar y contener a determinados presos. Se trata de traslados furtivos, que se realizan sin necesidad de comunicarlos a las autoridades judiciales responsables (que dicho sea de paso tampoco suelen preocuparse demasiado por ello una vez enterados); sorpresivos, en la medida que se realizan de un día para el otro, muchas veces a la madrugada; y permanentes, en la medida que tienden a repetirse durante toda su estancia en la prisión. Acaso por todo esto, el Comité Contra la Tortura haya denunciado a los traslados como otra práctica sistemática de tortura física y psíquica en las instituciones de encierro en la provincia de Buenos Aires.
“Aplicar la rotativa”
En primer lugar, los traslados son utilizados por el SPB para contener a determinados sectores de la población carcelaria considerados como “problemáticos” o “demandantes”. Los “problemáticos” son aquellas personas para las cuales el sistema penitenciario no prevé mecanismos adecuados para su tratamiento. Se trata de personas con muchos años de prisonización, con problemas psiquiátricos en algunos casos, gente que a lo mejor ha consumido drogas durante mucho tiempo y que le ha generado una dependencia que lo fue deteriorando como persona. Los “demandantes” son las personas que, porque saben sus derechos no se resignan a aceptar con sufrimiento lo que les tocó.
A todos estos presos, dice el abogado Roberto Cipriano García -coordinador del Comité Contra la Tortura de la provincia de Buenos Aires-, “se le aplica la rotativa.” “Como esas personas generan muchos conflictos en las unidades, se los hará pasar por diversas unidades.” La rotativa, entonces, consiste en el traslado permanente de una unidad a otra unidad y de esta a otra en un breve período de tiempo. Para Azucena Racosta, referente del Colectivo La Cantora, estamos ante una suerte de “cárcel móvil”, “porque son presos a los no se los instala en ningún lugar, personas que viven arriba del camión, que no se los deja hacer pie en ninguna parte, no se les permite reconstituirse como persona, no se les permite proyectarse.”
Según los datos presentados por el Comité en su último Informe, desde enero a noviembre del 2008 se produjeron 47.709 traslados, de los cuales 18.928 se realizaron para reubicar a los presos, es decir, hay 26.385 traslados que no sólo no se motivaron sino que tampoco fueron comunicados al Ministerio y a la autoridad judicial responsable de la detención. Además se calcula que existen 5.000 personas por año que fueron trasladados al menos 4 veces. Y hay casos donde una persona llego a padecer más de 30 traslados en el año. Para darnos una magnitud de este sistema, según Paola Relli, abogada de la Secretaría de DDHH de la Provincia de Bs. As., “al día de hoy existen alrededor de 800 presos en esta situación, es decir, 800 personas que se van moviendo de un lugar a otro, que viven arriba de un camión. Estamos ante una auténticamente unidad móvil.”
La circulación constante es la manera que tiene el SPB para “tratar” con “los presos más conflictivos.” Pero hete aquí que esta rotación lejos de contener al preso lo va a ir mellando, irá deteriorando más aún su personalidad. Como nos dice Cipriano: “Son presos que estarán entre 10 o 20 días alojados en los pabellones de admisión, que tienen un régimen similar a los “buzones” o “pabellones de castigo” aunque en realidad son peores. Por ejemplo, cuando a una persona lo mandan castigada a un buzón, sus compañeros de pabellón le mandan comida porque saben que allí no se puede cocinar. Pero en los pabellones de admisión no te contiene nadie. Están alojados transitoriamente, están de paso. Nadie sabe que estás allí y tu ranchada está lejos. Entonces el hambre se padece mucho más que en cualquier otro pabellón.” Por otro lado, cuando están alojados en los pabellones de admisión la familia tampoco podrá visitarlos. En principio porque la familia no sabe dónde está. Además como esos presos tampoco tienen acceso al teléfono, nunca les pueden decir por dónde andan boyando, a qué unidad fueron a parar. Pero hay más: “No hay accesos a duchas, no se permiten actividades recreativas, no tienen acceso a la educación, no hay espacios comunes, no se los saca al patio, es decir, están 24 hs encerrados, aislados”, agrega Cipriano.
Finalmente, al estar itinerando permanentemente, nunca pueden ser calificadas por el SPB y, por añadidura, tampoco podrán hacer que se constate la “buena conducta” para luego “morigerar la pena”, es decir, para hacer valer la “progresividad en la pena.”
“No es casual -nos vuelve a decir Cipriano- que en esos pabellones de admisión se den los casos de violencia más graves.” La persona trasladada permanentemente está en un momento de saturación, de cansancio físico y moral. En esas circunstancias todo el mundo se pone muy susceptible en esos pabellones y encontrará enseguida motivos no sólo para pelearse con otros presos, sino con el propio personal del SPB que aprovechará sus bravuconadas o protestos para darle una buena golpiza. Otras veces, la violencia es el resultado de las autolesiones: “Son muy comunes las autolesiones de los detenidos en permanente tránsito, porque es una manera de frenar la rotativa, de descansar. Entonces se tragan cucharas, se cortan… y pasan a la órbita de sanidad y se le comunica al juzgado y entonces la familia se entera de su paradero y lo puede visitar porque durante ese tiempo estarán alojados en una Unidad”, nos dice Cipriano.
“Sos camión”: rumbo a la otra punta de la provincia
Una de las políticas centrales en materia carcelaria, desde los 90 en adelante, que acompañó el creciente proceso de prisonización, ha sido la construcción de cárceles en las ciudades del interior. Se trataba de pequeños pueblos cuyas economías regionales habían sido arrasadas por el neoliberalismo, para las cuales la Provincia decidió que la construcción de cárceles era una forma de generar empleo en la región. De esa manera se crearon unidades penitenciarias en Urdapilleta, General Alvear, Barker, Saavedra, se construyeron más unidades en Junín, Sierra Chica y Magdalena. La consecuencia inmediata en la población carcelaria fue la ruptura o deterioro de vínculos sociales. Más del 70% de las poblaciones alojadas en aquellos penales provienen del conurbano bonaerense, es decir, están alejadas de su domicilio real. Los traslados a la otra punta de la provincia quiebra moralmente al detenido. A estas unidades se llega a veces por cuestiones de reubicación y otras veces por motivos que el SPB maneja discrecionalmente y nunca terminan de saberse de qué se trata. Son traslados que se disponen sin criterio y ningún tipo de control judicial.
Pero estos traslados funcionan como algo que está latente, forma parte de un sistema de premios y castigos, la amenaza continua, a través del cual el SPB ejerce la gobernabilidad de la población carcelaria. El traslado aparece como la consecuencia directa a los cuestionamientos que el preso puede hacer al SPB, cuando no se amolda al régimen que le impone el SPB. Como nos cuenta Racosta: “los presos saben que si dicen tal cosa o hacen tal otra son camión.” El camión, la amenaza constante de subirlos a un camión, está presente en el imaginario del preso, forma parte de la vida cotidiana de la cárcel. El camión aparece como sinónimo de pérdida y provoca angustia: “Se pierden los amigos de la ranchada, se pierden las pertenencias, el equipo de mate, la pilcha deportiva, las zapatillas, la cuchara, el shampoo, el jabón, las frazadas, se pierden las relaciones que los protegían.” En definitiva, el camión es una manera de enloquecer al preso, de cansarlo, agotarlo, quebrarlo, amoldarlo a las relaciones clientelares a través de las cuales se gestiona la cárcel.
Negocios oscuros
Al mismo tiempo, estas unidades han creando condiciones para determinados negocios que involucran al SPB. Esos negocios hay que buscarlos en el millón de Km. que al año recorren los camiones de traslado, es decir, en los vales de nafta y en las horas extras del personal del SPB.
Pero también hay que rastrearlos en los “pack turísticos” que se organizan alrededor de las “chanchas” o “colectivos tumberos.” Cuando los familiares están alojados en las unidades del interior, donde es muy difícil llegar, donde a veces ni si quiera existe transporte regular, como es el caso del penal de Urdapilleta, se organizan viajes que incluyen, además del traslado ida y vuelta, el alojamiento, la comida y las tarjetas de teléfono para entregar al familiar detenido.
Negocios que hay que buscarlos, finalmente, en la venta de las plazas en los penales. El SPB sabe que el traslado del preso a la otra punta de la provincia se vive con desarraigo. Tanto los presos como sus familiares quieren estar cerca. Esa proximidad se compra, tiene un precio. El SPB está dispuesto a trasladarlo otra vez a una unidad próxima al domicilio de su familia a cambio de reunir el dinero suficiente que varía según el interlocutor con el que se negocia.
“Tirados en la 29”: un mundo aparte
La Unidad 29 ubicada en Romero, ciudad de La Plata, es el corazón de los traslados, una unidad que funciona como distribuidor de la población carcelaria. Se trata de una cárcel que fue creada como penal de máxima seguridad con celdas individuales. Un cárcel que por sus condiciones arquitectónicas fue clausurado como unidad de alojamiento cuando varias inspecciones de jueces de ejecución y el Comité Contra la Tortura constataron que las condiciones de detención eran infrahumanas y lesionaban todo tipo de derechos humanos.
Pero en los últimos años la Unidad 29 fue redefinida en el sistema penitenciario como Unidad de Transito. De ahí salen y ahí llegan todos los camiones con presos con destinos diversos. Para los comparendos en los juzgados donde se sigue su proceso, o para su reubicación en otras unidades de destino. Pero como los camiones no salen todos los días, el tránsito, que no tendría que durar más de 72 hs, se demora semanas. En ese lapso de tiempo están alojados en celdas individuales, sin agua, sin gas, sin colchón, con mala alimentación, sin atención sanitaria, completamente incomunicados. No se permiten las visitas de los familiares, no hay procuración. Como nos vuelve a decir Racosta, “están como desaparecidos.”
Por eso, para Comité el aislamiento en esta unidad es mucho más duro que en los otros penales. Dice Cipriano:“Vos te encontrás con personas que tardan en llegar 2 o 3 días a la U 29, después están esperando otros 2 o 3 días para que se los lleven al comparendo con la autoridad, y luego 3 o 5 días más hasta que se los regresa a la Unidad donde viven, viaje que se demora también 2 o 3 días. Entonces vos tenés personas que en esos 20 o 30 días comieron mal, se enfermaron, perdieron sus clases en caso de que estuvieran estudiando, y encima cuando llegan a su Unidad pueden encontrarse con que sus pocas pertenencias les fueron robadas.”
Efecto sorpresa y botines de guerra
Los traslados se juegan en el golpe de efecto que suscita en el preso y sus compañeros de ranchada. Los traslados son compulsivos porque se los arranca de la cama a mitad de la noche. Algunas veces, por el movimiento interno del servicio, los presos ya estaban sabiendo que se venía un traslado y preparan el “mono.” Pero la gran mayoría los toma por sorpresa y no tienen tiempo de armar el “mono”. Están desconcertados y son los propios compañeros lo que le ayudan a juntar rápidamente sus pertenencias porque saben que seguramente no regresará a esa unidad.
Para decirlo con uno de los testimonios que recoge el Comité en su último Informe: “Además que te trasladan, te hacen perder todo, a mi me duele dejar las fotos de mi nena, yo sé que el que las encuentra las rompe o las tira y por ahí yo esperé un montón para que las puedan mandar. Cada traslado que te agarra de sorpresa te hace empezar de vuelta de cero en otra unidad y si tu familia no puede mandarte cosas, te las tenés que conseguir como sea. Ellos mismos, los policías, te dejan en bolas y te obligan a robar, hacer ciertas cosas que mejor ni contar para que te den algo de ropa y un poco de jabón y shampoo para bañarte. Todos los que estamos presos no tenemos nada y nuestras familias tampoco, a ellos les cuesta mucho mandarnos algo. Los traslados sirven para que los penitenciarios se queden con tus cosas, ellos se las llevan o las venden a los otros presos. En cada traslado nuestras pertenencias son botines de guerra.”
La Unidad Especial de Traslados
Cuando los presos suben al camión, se encuentran a la deriva. Nunca se les dice adónde van, cuál será la unidad de destino. Tampoco se les notifica formalmente la decisión, sus razones y los criterios que pusieron en juego para decidir su traslado. Se trata de una medida discrecional que se comunica de manera compulsiva.
Los traslados, en sí mismos, también son muy gravosos para la persona detenida. Los recorridos son largos, no hay calefacción o sistema de refrigeración, es decir, se mueren de frío o calor. Hay casos de muerte por deshidratación. Son incómodos, porque van esposados al piso del camión, de manera que están 7 o 10 hs viajando encorvados en la misma posición física.
Cuando llegan a la Unidad de destino se los baja a patadas, se los desnuda y manguerea con agua fría, para depositarlos en un pabellón de admisión o en un buzón hasta que a Junta de Calificación de dicho penal disponga su admisión definitiva. Muchas veces los presos ya saben que no los van a recibir, pero igual los hacen pasar por ese derrotero a modo de castigo. Castigo que se prolonga con la próxima parada en la próxima Unidad que tampoco los recibirá.
Quebrar, romper…
Como se desprende del “Informe de la Crueldad 2009”, las rotaciones tienen efectos muy concretos y contundentes, no sólo sobre las personas detenidas sino sobre sus grupos cercanos.
Por empezar, como ya se adelantó, el traslado implica el distanciamiento de la familia. La familia es la contención emocional, que provee además de los insumos morales para hacer frente a un cotidiano inhumano, los insumos materiales para la sobrevivencia diaria. La familia aporta el abrigo, la alimentación, los utensilios para el aseo, incluso los medicamentos. Alejarlo de su núcleo familiar, supone despojarlos de los recursos para su sobrevivencia diaria. No hay que perder de vista que casi la totalidad de la población carcelaria proviene de hogares desfavorecidos, de modo que su mudanza continua supone un esfuerzo extra para la familia que tiene que reunir con cada traslado todos aquellos elementos. Además, el traslado dificulta los contactos con su pareja, los hijos, padres o amigos que no ya no podrán acercarse todas las semanas a visitarlo. De allí que otra de las consecuencias de los traslados es el debilitamiento de los lazos familiares que puede llegar hasta la ruptura de núcleos familiares (separaciones matrimoniales), la desmoralización del interno es otra de las consecuencias que producen este tipo de prácticas.
Los traslados afectan también el acceso a la educación, dificultan, cuando no desalientan a los detenidos a completar sus estudios primarios o secundarios, llevar adelante una carrera universitaria o terciaria con todos los desafíos y las expectativas que las mismas generan para su futuro.
Otro de los derechos que afectan los traslados es el acceso a la justicia. Sabemos por la Constitución Nacional que toda persona detenida tiene derecho a la defensa en juicio. Defensa que será obstaculizada a través de los sistemáticos traslados, toda vez que los defensores no cuentan con los recursos y el tiempo para entrevistarse personalmente con su defendido. De esa manera, las presentaciones que eventualmente puedan realizarse para hacer valer legítimos beneficios o poner en discusión los términos del proceso o las condiciones de su detención, resultan otra vez obstaculizados y con ello el juicio justo garantizado dicho sea de paso también por la Constitución.
Los traslados también ponen en riego su salud, toda vez que se interrumpen los tratamientos que dispusieron los médicos para muchos presos enfermos y portadores de HIV. El alejamiento de la Unidad entonces, implica la privación de medicamentos o de un tratamiento adecuado en la medida que muchas veces los hospitales aledaños a las unidades donde fueron trasladados no cuentan con esos servicios o insumos.
Por último, los traslados, se desentienden los lazos afectivos que los presos construyen como parte de cualquier experiencia en general, pero que en estas circunstancias, adquieren un plus toda vez que esa pertenencia es una manera de hacer frente a las condiciones carcelarias que tienen que padecer. Por otro lado, no hay que perder de vista, como nos informa el Comité, que la gran mayoría de la población trasladada son jóvenes. La grupalidad es una experiencia constitutiva para los jóvenes. De modo que los traslados cuando afecta el derecho de reunión están afectando también el derecho a tener una identidad, la que se compone al interior del grupo de pares.
Pero el telón de fondo de los traslados es la ruptura de los núcleos de organización que los presos pueden ir construyendo al interior de las unidades. Se sabe que la organización reclama confianza y solidaridad, y la estabilidad crea las condiciones para la misma, forja lazos sociales que contribuyen a desarrollar prácticas que les permiten, con el paso del tiempo, hacer visibles los problemas que tienen, denunciar las circunstancias de su detención y luchar por condiciones de detención acordes a los estándares que prevén los pactos y tratados de derechos humanos. Los traslados permanentes ponen en crisis las incipientes experiencias de organización de los presos en las unidades penales.
Malentendidos
Pero todavía hay algo más que se juega en todos aquellos traslados. Además de romper la organización y de crear condiciones favorables para otros negocios regenteados por los agentes o familiares del SPB, “la calesita” es otra estrategia que desarrolló el SPB para controlar a los presos “revoltosos”, a “los que no saben guardar silencio”, a “los que hacen política”. Con cada traslado, y después de la estancia por los buzones o pabellones de admisión, donde los detenidos trasladados estuvieron aislados hasta que suplicaron “que el jefe del penal del dé cabida”, el SPB puede entornar al detenido a un círculo de presos afines, que tienen autorización para portar faca, a cambio de marcarle límites al detenido, cuando no para sacarlo para siempre de “circulación”.
El traslado es la forma de generar malentendidos entre los presos de distintas unidades. Los malentendidos son la manera subrepticia que tiene el SPB para añadir castigos paralelos. “No hace falta que el SPB mate. Basta juntar en un mismo pabellón a dos presos que no se pueden ver para que éste vuele por los aires”, asegura Cipriano. “El SPB sabe por el legajo de cada preso quién tuvo problemas con quién. Tiene un mapa bastante completo de toda la población carcelaria. De modo que no hay ingenuidad de parte del SPB cuando decide ubicar a Menganito en el pabellón donde se encuentra Fulanito que se la tiene jurada.” Se trata de presos que a lo mejor tuvieron problemas entre ellos o provienen de ranchadas que tuvieron sus encontronazos. Juntarlos en un mismo pabellón, es la forma de hacerlos pelear, una reyerta que puede costarle la vida a cualquiera de ellos.
Con todo, la cárcel bonaerense es una cárcel ambulante, compone una red de instituciones por las que transitan continuamente miles de detenidos. La alta rotación es otra manera de continuar vulnerabilizando a los sectores desaventajados, de agravar la fragmentación social, de continuar creando malentendidos al interior de los sectores marginados y, finalmente, como dijo Giorgio Agamben, de despojarlos de su condición de humanidad.
* Una versión reducida de este artículo fue publicado en la revista EN MARCHA, Nº54, octubre de 2009.